Ella arrodillada ante él en el sofá

Mirar hacia abajo

La mujer está de pie en medio de la habitación. Sus pies están descalzos sobre el suelo. Lleva un top azul y unos shorts de mezclilla. Tiene el pelo largo y oscuro. Un tatuaje se distingue en su costado izquierdo. Un aro brilla en su ombligo.

Una mujer de pie y otra mujer mirando hacia abajo

Ella mira hacia abajo. No se mueve.

El hombre está sentado en un sofá. Es calvo y tiene barba. No lleva camisa. El sofá es ancho, de un color oscuro. Junto a él hay una mesa. En la pared, detrás, cuelga un reloj redondo.

La habitación no es muy grande. En una esquina hay una planta en una maceta. Sobre una silla descansa una manta púrpura. En algún lugar, fuera del alcance de la vista, está una nevera. También hay una pizarra con papeles pegados.

El hombre observa a la mujer. Ella mantiene la mirada baja, fija en un punto del suelo, entre ellos. Los primeros segundos pasan en silencio. La aguja del reloj avanza.

Ella respira. El pecho se le eleva y baja con un ritmo constante. Su cuerpo está quieto, pero no rígido. La luz de la habitación es clara.

El hombre no cambia de postura. Permanece apoyado en el respaldo del sofá. Sus manos están sobre sus muslos. Espera.

La mujer levanta ligeramente la cabeza. Su mirada se despega del suelo y recorre la corta distancia hasta el hombre. No mira sus ojos. Mira hacia sus piernas, hacia su regazo. La pausa se extiende por otro minuto.

Él no dice nada. No hace un gesto para llamarla. Solo la observa desde su sitio.

Ella da un paso. Es un movimiento pequeño, casi imperceptible. Los dedos de sus pies se flexionan contra el suelo. Luego da otro. Avanza hacia el sofá.

El hombre sigue inmóvil. Su expresión es neutral.

Ella se detiene a poca distancia del sofá. Vuelve a mirar hacia abajo, pero ahora no al suelo. Mira al hombre. Mira directamente a su entrepierna. Allí es donde termina su mirada.

Por un momento, todo permanece igual. Los dos cuerpos quietos. El único sonido es el tictac del reloj marcando el tiempo. Minuto y once segundos desde el inicio.

Ella gira sobre sus talones. No mira atrás. Se aleja del sofá, pero no vuelve al centro de la habitación. Se dirige hacia la izquierda, hacia un objeto grande que está junto a la pared. Es una máquina. Tiene el aspecto de una silla con un asiento profundo y un respaldo bajo.

Sentarse en la máquina

Ella se aleja del centro de la habitación. Se dirige al sillón, pero no se sienta en los cojines. En su lugar, se coloca sobre la máquina de ejercicios que está junto a él. La estructura de metal y vinyl cruje bajo su peso. Se sienta mirando hacia la pared donde cuelgan las horas.

Su mano izquierda se apoya en el frío vinyl del asiento. La derecha desciende. Los dedos se hunden en la tela azul de sus pantalones cortos. La mano se queda allí, quieta, sobre su pubis. No se mueve. La palma ejerce una presión constante. Los dedos se curvan ligeramente.

Él está de pie, observando. Su postura es inmóvil. Los brazos cuelgan a los lados. No se acerca. Mira la mano de la mujer sobre la tela azul. Mira la nuca de la mujer, sus cabellos oscuros cayendo sobre la espalda del top.

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La mano de ella permanece. Los segundos pasan marcados por el tictac de la pared.

Ella retira la mano de su entrepierna. Se gira sobre la máquina. Ahora mira hacia la habitación, hacia el hombre. Sus piernas cuelgan a los lados del asiento. Se desliza hacia el borde. Los pies tocan el suelo.

Se arrodilla en la alfombra. El movimiento es fluido, sin vacilación. Desde abajo, alza la vista hacia el hombre. Su torso erguido. Su mano derecha se levanta. La lleva al pantalón del hombre. Los dedos encuentran el bulto bajo la tela. La mano se posa allí. La presión es firme. La palma cubre la forma.

Él no retrocede. Permanece de pie mientras la mujer arrodillada mantiene su mano sobre él. Su barba apunta hacia abajo, hacia ella. Su respiración se hace más audible.

Ella ajusta la posición de la mano. Aprieta un poco más. Los nudillos blancos destacan contra el color oscuro del pantalón. Luego, la retira. La baja hacia su propio muslo. Espera.

Se inclina hacia él

La mujer desciende de la máquina. Su rodilla toca el suelo junto al sofá. La otra. Sus palmas se posan en los muslos del hombre. Él permanece sentado. Ella mueve la cabeza hacia adelante.

Sus labios se cierran alrededor de su miembro. La cabeza desciende. Se detiene. Asciende. Desciende de nuevo. El ritmo es constante, lento al principio. La mano del hombre reposa en su nuca, sin presión. Ella continúa. Su cabello oscuro se desliza sobre sus hombros. El movimiento se acelera. El hombre respira más hondo. Su mano se tensa en su nuca, pero no empuja.

El cambio

Ella controla la velocidad. Decide la profundidad. La respiración del hombre ahora es audible. Un músculo en su pierna se contrae. Ella lo siente bajo sus palmas. No cambia el ritmo. Lo mantiene.

La mujer retira la boca. Solo por un momento. Lo mira. Luego vuelve. Más rápido esta vez. Su propia mano aprieta el borde del sofá. El hombre se inclina hacia atrás. Su cabeza toca la pared. Sus ojos están cerrados. Todo el movimiento ahora es de ella.

  1. Ella baja de la máquina y se arrodilla frente a él.
  2. Inclina el torso hacia adelante.
  3. Sus labios tocan la piel.
  4. Los cierra alrededor del miembro.
  5. Mueve la cabeza hacia arriba y hacia abajo.
  6. Aumenta gradualmente la velocidad.
  7. Se detiene un instante para luego continuar con un ritmo más rápido.

El hombre no da órdenes. No guía su cabeza. Solo recibe. Su pecho sube y baja. La mujer continúa. El sonido viene de él, de su garganta. Ella no alza la vista. Su tatuaje en el costado se estira con cada movimiento. El reloj en la pared avanza. La planta en la maceta está quieta. El aire en la habitación no se mueve. Solo ellos.

Rodar sobre el costado

Ella se separa de su boca. Se desliza hacia un lado, sobre la superficie del sofá. Su cuerpo gira y queda apoyado en el costado derecho, de frente al respaldo. Los ojos miran hacia la pared. El hombre se mueve detrás de ella. Se acomoda de rodillas. Su mano izquierda agarra su cadera. La mano derecha guía su miembro entre sus nalgas, contra la tela de los shorts.

La planta en la maceta sigue inmóvil.

Unos segundos después, él cambia de posición. Se inclina sobre su espalda. Pasa de rodillas a tumbarse encima. Su pecho presiona su espalda. Su peso la aplasta contra el sofá. Su mano izquierda abandona la cadera y se desliza hacia arriba. La palma se posa en el lado de su cuello. No aprieta. Solo reposa allí.

La secuencia de movimientos queda así:

Al principio Al final
Ella yace de costado, mirando al respaldo. Él cubre su espalda con todo su cuerpo.
Él permanece de rodillas detrás de ella. Su mano abandona su cadera.
Su mano guía su miembro contra su ropa. La misma mano se coloca en su cuello.
El pantalón de él sigue abierto. Su entrepierna sigue presionando su nalga.
El brazo de ella queda doblado bajo su cabeza. Su brazo permanece atrapado bajo el peso.

Él no se mueve más. Ella tampoco. Respiran. La mano en el cuello no cambia de presión. Los segundos pasan. Las manecillas de las horas avanzan en la pared. Luego, ella gira la cabeza hacia el hombro. El movimiento es lento. Su boca se abre ligeramente.

Volver a empezar

Él yace de espaldas en el sofá. Sus brazos descansan a los costados. La mujer se desplaza sobre él. Se inclina. Su largo cabello oscuro cae sobre el rostro del hombre, sobre su pecho. Ella baja la cabeza.

La boca de la mujer encuentra el miembro del hombre. Lo toma. Los dedos del hombre se flexionan levemente contra la tela del sofá. No se mueve.

El ritmo es lento. Constante. No hay prisa. Ella controla la cadencia, el ángulo, la profundidad. Su cuerpo se balancea con un movimiento medido. La habitación está en silencio, solo el sonido leve de la respiración y el roce.

Ella continúa. Minuto tras minuto. Su mano agarra la base del miembro con firmeza. La otra mano se apoya en el muslo del hombre para mantener el equilibrio. Su espalda forma una curva suave.

Él permanece inmóvil. Su cuerpo es una estatua que recibe el movimiento. Solo el leve levantamiento de su pecho delata la respiración.

Ella no cambia de postura. No se detiene. El acto se consume en la repetición. Un ciclo que se cierra sobre sí mismo. La manecilla del reloj en la pared avanza otro minuto.

Así continúan. Hasta el final.

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